CON UNA REFERENCIA PARTICULAR A LA BELLA FLAVIA RIGGIONE(Eligioo Damas)
Trump, después de secuestrar a Maduro, ha generado un cuadro como un velorio, llantos, rezos y risas
Eligio Damas
Con una referencia particular a la bella Flavia Riggione.
La gente de ahora poco sabe de aquellos velorios que duraban hasta tres días, celebrados en la casa del muerto. Eran momentos, así los miro y he mirado, donde todavía imperaba mucho del romanticismo y bastante solidaridad. El barrio era una familia toda, tanto que no había secretos. En cada casa, se sabía de la otra todo, tanto que, del pescado abundante traído de la playa, llevábamos a las casas de quienes, por una razón u otra, no habían asistido a la jornada de pesca y les haría falta.
No existían las funerarias, sí negocios que vendían las urnas. Al muerto, ya colocado en una de estas, previamente preparado, se le enterraba al día siguiente, pues aparte de prepararlo para el entierro, había que “velarle” en su “presencia” mortuoria, en la primera noche y en su casa. Al día siguiente, bien las primeras horas de la mañana o en la tarde, según el caso, tiempo disponible del cura, las gestiones y labores con respecto al cementerio y las recomendaciones de los “expertos”, se le enterraba.
La primera noche, ante la presencia del muerto acostado en su urna abierta, habiendo llegado a la que fue su casa, desde donde lo habían “preparado”, vestido con su mejor ropaje, como para una fiesta, empezaba el velorio. Llegaba el cura que la familia “escogía”, hacía los rituales respectivos y se iba, sin dejar de despedirse del muerto y de los allí reunidos, amigos y familiares del mismo.
A partir de ese momento, la gente que solía ser bastante, pues la de entonces era muy solidaria, le sobraba tiempo, le faltaba preocupaciones y hasta formas de divertirse, acudía al velorio en buena cantidad. El barrio estaba allí presente, adultos y niños y hasta de barrios vecinos. No había televisión que ver y menos Internet ni móvil que, a la gente, pegase de la “clave” de la casa. El velorio se celebraba durante tres noches. Al día siguiente del primer velorio, como ya dije, bien en la mañana o en la tarde, se le enterraba, pero esa noche y la siguiente continuaría el ritual del velorio.
En los velorios, la gente se dividía por grupos, de manera, digamos instintiva; sin que nadie dirigiese aquel ritual o montaje escénico. Cada quien, “con su cada quien, se mataba por gusto”, escogía donde agruparse. El primero, lo formaban los familiares que se apretujaban, muy cerca de la urna, a llorar por el difunto y recordar historias de su vida y, la de ellos, relacionadas con él, hasta al amanecer.
Otro grupo, lo formaban mayormente señoras de avanzada edad, en una etapa que la expectativa de vida era muy corta; estas se dedicaban a rezar, con la buena intención de abrirle al difunto caminos hacia el cielo. No era extraño, más bien era lo habitual, en este grupo no hubiese ningún familiar, por lo menos cercano del muerto; más bien amigas, que lo eran todas las vecinas presentes. De ellas, como era propio de esos ritos, emergía alguna lideresa; generalmente, en cada barrio había una asignada o dispuesta por su propia voluntad y deseos de servir a Dios y sus vecinos.
El tercer grupo, lo formaban determinantemente hombres, jóvenes, adultos y alguno que otro muchacho. Los integrantes de este, se dedicaban a contar y escuchar chistes y jugar charadas. Cuando la casa era muy pequeña, como que tampoco tenía un patio trasero donde reunir los dos últimos grupos, estos ocupaban la parte de enfrente de la casa y hasta la calle; más, en un tiempo, cuando los automóviles eran escasos y no transitaban por los espacios donde se solían cumplir esos rituales, las calles eran usadas para esos fines.
Este grupo, dada sus ocupaciones, se colocaba en un sitio lo más alejado posible, de manera que las risotadas desatadas por los chistes o discusiones derivadas de las charadas, no incomodasen o chocasen con los llantos y rezos. Pero los tres formaban parte normal del ritual. Y a este grupo, como a los otros, la familia del difunto, se ocupaba de servir café, chocolate y hasta aguardiente. Entonces, pese la distancia que se ponía entre un grupo y otro que, por muy mucho fuese el cuidado o prudencia que se pusiese, nunca era mucho, llantos, sermones, rezos, chistes y risas, hasta estentóreas, se mezclaban.
Y había personajes, en Cumaná los conocíamos, tanto que, eran como una referencia para saber alguien había muerto, se dedicaban a “gozar” de esos velorios. Para ellos era como ir al cine o una fiesta. Pero, sobre todo, eran “echadores de cuentos, chistes”, que lo hacían de la mejor buena fe, como quien brinda un servicio, el placer de echar sus chistes, le gusta el canto y le es placentero hallar quien le escuche; también gozaban escuchar de otros sus chistes, para ampliar su repertorio y sólo por pasar el tiempo, tomarse el café, chocolate y hasta unos tragos de aguardiente; una curiosa, más no extraña, manera de matar al tiempo. Aunque, esos personajes, tenían “fama” de pavosos, tanto que, hallarlos en una calle solitaria, era sinónimo de mal augurio.
La Venezuela de hoy, es toda, como un espacio, donde se celebra un velorio. Donde el muerto somos todos o todos estamos muertos; somos los familiares y participantes en el mismo. Rezamos, lloramos, echamos chistes, reímos y estirados, rígidos, estamos en la urna.
Trump, cuando secuestró a Maduro, además de eso, sacarlo de Miraflores, llevarlo a Nueva York y ponerlo a la orden de un tribunal como enredado, no dejó difunto por llorar. Y esto, para evitar malos entendidos, advierto que, lo digo, porque Maduro sigue "vivo", significa que, a pesar de esto, si se creó un escenario parecido a un velorio, donde hasta sus enemigos, quienes le odiaban y odian por muchas cosas – ¡ellos bien sabrán! -, además de aplaudir, celebrar, por su aparente “muerte” y más que todo por su simple ausencia, lo que hicieron en las primeras horas, ahora lloran, “se lamentan porque el trompo dio un salto inesperado”.
En un primer momento, desde todos los bandos, dado lo inesperado, como mágica extracción, todo el mundo quedó en ascuas y lo más que hicieron, quienes estaban cerca, fue mirarse las caras, buscando en el otro la respuesta. Después se desató todo y la información, como increíble llegó. De inmediato, se optó por buscar culpables, la forma más fácil y convencional que el hombre suele usar para responder una interrogante cuya respuestas puede estar en él mismo, en otros u otros y en el pasado que bien conocen, no quieren esto se sepa y hasta ignoran. Unos, apresurados, dijeron que fueron los militares que, por lo menos, como que se quedaron dormidos, menos los cubanos que fueron exterminados. Otros después empezaron a hablar de complicidad. Y empezaron las dudas.
La AN, con premura y donde los opositores radicales prestaron sus votos con prodigalidad, empezó hacer reformas, sobre todo a la Ley de hidrocarburos y otras cosas más, particularmente relacionado con lo mismo, el petróleo y los ingresos que de ellos deberían derivarse. Y esto desató un esperado descontento, uno que nunca lo hubo por los salarios. Se empezaron a tejer narraciones sobre lo acontecido con Maduro y estas reformas. En el seno de quienes habían estado juntos o, para mejor decirlo, todavía siguen juntos en el gobierno, se comenzó a generar una discordia. Una forma de ver lo acontecido, como un parto inesperado, más no habiendo fémina encinta, ese trágico día, 3 de enero. El pasado, con todo su acontecer, bien preñado, nada les dijo ni les dice, como tampoco antes. Los culpables y los motivos se ubican justo el 3 de enero y en adelante.
Este primer grupo, son como los familiares que lloran al difunto, le llenan de elogios y en sus declamaciones no aparece rencor alguno; unos, bien porque no lo tienen, ellos todo lo tuvieron y otros porque “este no es el momento para sacar esas cuentas. El momento llegará”. Todavía no se ha leído el testamento; el que dejó el difunto o uno que alguien escribió intentándolo interpretar o interpretándolo a su mejor manera.
No obstante, algunos ya pegan gritos como de inconformidad y desacuerdos con lo hecho y ocurrido, ocultando que bien sabían la ruta que traían y hasta la meta, pues forman parte de la familia íntima. Pero parecieran, dicho así por no pecar de impertinente que, en el velorio, se mezclaron con “echadores de cuentos”, bebieron por demás, “para olvidar las penas” y perdieron la sensatez y el equilibrio. Tanto que, Alex Saab, un personaje salido del mundo de los negocios, no de la historia de las luchas populares, a quien se le elogió y exaltó como uno de aquellos audaces capitanes marinos – llámelo el lector como bien le parezca – que pudieron meter sus cargas en nuestros puertos, según para saciar nuestra hambre, pero a cambio de un muy generoso estipendio, por una cédula cuya pertinencia ahora se cuestiona, se le entrega a EEUU, de donde le reclaman acusándolo de algunos delitos. Y eso, ha generado una seria disputa en el grupo familiar del velorio; donde uno percibe llantos exaltados y discretos, pero también a algunos insultándose.
Tanto que, la bella dama Flavia Riggione, quien antes llamó a la calma a los decepcionados y hasta protestantes ante las medidas del gobierno para aquietar a Trump, ahora protesta, particularmente por el hecho que, Diosdado, haya declarado a Saab un indocumentado y hasta migrante.
Pasan todos ellos por alto que, el tren en cual viajaban, traía una dirección, un rumbo que, bien conocían, determinado por el pasado y fortalecido por los hechos más recientes. Toda una gruesa suma de cosas que obligan a uno y a todos, a someterse a un detenido examen, unos resultado y fines; lo que estamos presenciando. No hay sorpresa. Quién entre los familiares reacciona como sorprendido, está en la luna, siendo de buena fe o finge para intentar justificarse. Pasó lo que estaba determinado en los cálculos y procederes.
El otro grupo que, en este caso no es el de las señoras que rezan de buena fe por el difunto y, como una manera de llevar la vida tediosa, rutinaria de la relación familiar, ocupar el tiempo y mostrarse solidarias con los vecinos y los humanos, sino de quienes han hecho oposición acérrima extrema al gobierno, se dejó de rezar, como al principio, en favor del invasor y la invasión, por haber apostado que, al sacar al sacar a Maduro, sacarían también a aquellos de los puestos de poder donde estaban y los pondrían a ellos, hasta cargados en los brazos. Para su sorpresa, pues tienen mucho de ilusos, pese se crean muy rísperos, no pasó lo que esperaban y perdieron todo lo apostado. La “Diosa” fortuna perdió la apuesta. Fueron frustrados y como tal se sintieron y reaccionaron. Los dejaron afuera y “vestidos como quien iba para el baile y como el muerto”.
Entonces, en los de este grupo, los rezos se volvieron gritos de desesperación y odio. Sus protestas las dirigen hacia un lado, el mismo de antes, pero con una nada oculta intención hacia quienes los dejaron esperando. Pasaron, han pasado y siguen pasando por alto, que Trump, no buscaba ponerlos a ellos, sino ponerse él. Y en este desespero, como los del primer grupo, igualmente se dispersan.
Y está el tercer grupo que, en el caso de los viejos velorios, es como ya describí, se reúne para compensar la tristeza que produce el muerto, echando chistes, tomando café, chocolate y hasta aguardiente. Pero en este hay una nada oculta diferencia. Un lote lo forman quienes ahora, por la incertidumbre, no ríen ni echan chistes, menos juegan charadas, lo que sería muy bueno, sino miran, observan y cuentan la historia como no es y se inspiran en las mismas lecturas y sueños del fracaso; las mismas que llevaron a este.
Otro lote, que ha revisado lo acontecido, aquí y más allá, lucha, sabe dónde hallar el origen de la derrota, que viene desde atrás, para el cual el 3 de enero fue un desenlace, pone empeño para que, las fuerzas se organicen como debe ser, con una lectura diferente; lejos de buscar culpables, acusar y sentenciar, aspira y hasta sueña, se opte por reponer lo acontecido, definir o identificar todo lo mal hecho, delinear una manera acertada de proceder, para unir lo mejor del país que está en muchos lados, en tareas y planes realizables, que se traduzcan en bienestar para la gente. Y haciéndolo así, volver a reír como corresponde.
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